Ana, una mujer que llevó su dolor a Dios


 
Por Josué I. Hernández
 

1 Samuel 1-2
 

Introducción
  • Hay problemas que no podemos resolver, situaciones que no podemos cambiar y deseos legítimos que no podemos satisfacer.
  • Ana conocía esa clase de dolor. Pero su historia nos enseña algo fundamental: llevar nuestros problemas a Dios (cf. Rom. 15:4).
 
Ana no ocultó su dolor, lo llevó a Dios
  • Ana tenía una profunda aflicción: No tenía hijos (1 Sam. 1:2); era provocada continuamente por Penina (v.6-7); lloraba y no comía (v.7); su alma estaba afligida (v.10).
  • El corazón de Ana estaba quebrantado; pero su aflicción no la alejó de Dios.
  • Su oración fue intensa y personal: “Ella con amargura de alma oró a Jehová, y lloró abundantemente” (v.10)
  • Ana no presentó una oración fría ni meramente formal: Derramó su alma delante de Jehová (v.15; cf. Rom. 10:1).
  • Para pensar: ¿Qué hago con mis tribulaciones?
  • La fe no elimina las lágrimas; las derrama delante de Dios.
 
Ana se comprometió a dedicar a Dios el hijo que tanto anhelaba
  • Hizo un voto (1 Sam. 1:11).
  • Ana pidió un hijo, pero no dijo: “dámelo para mí”. Dijo: “Yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida” (v.11).
  • Ana no solamente quería recibir una bendición; estaba dispuesta a devolverla a Dios.
  • Samuel sería un regalo recibido de Dios y, al mismo tiempo, un hijo entregado al servicio de Dios (cf. 1 Sam. 1:20,27).
  • Lo que recibimos de Dios no deja de pertenecerle cuando llega a nuestras manos (cf. 1 Cron. 29:14; Rom. 11:36; Col. 1:16).
  • Para pensar: ¿Si Dios me concede lo que estoy pidiendo, ¿lo dispondré en sus manos?
  • Es fácil decir: “Señor dame”; pero, ¿para qué lo queremos? ¿Será para la gloria de Dios?
 
Ana cumplió su palabra cuando tuvo a su hijo
  • Dios respondió la oración de Ana (1 Sam. 1:19,20).
  • Con pocos años de vida, Samuel fue llevado a la casa de Jehová y dedicado al Señor (v.24,27,28).
  • Es posible orar con fervor cuando necesitamos algo y olvidarnos de nuestra palabra cuando recibimos lo que pedimos.
  • Dios no considera insignificantes las cosas que le prometemos (cf. Ecles. 5:4-5).
  • Nuestra devoción por Dios se demuestra en lo que ofrecemos a él (cf. Mal. 1:8).
 
Ana se regocijó en el Señor
  • La historia no termina con: “Ana recibió a Samuel”.
  • “Y Ana oró y dijo: Mi corazón se regocija en Jehová…” (1 Sam. 2:1).
  • Ana recibió la bendición, pero no permitió que esa bendición ocupara el lugar de Dios.
  • Su alegría estaba en Jehová. La fuente de su gozo no era Samuel, sino Dios (1 Sam. 2:1-10).
  • La respuesta de Dios llevó a Ana a conocerlo y exaltarlo todavía más.
  • Para pensar: ¿Qué hago con las bendiciones que Dios pone en mis manos? ¿Me hacen más agradecido? ¿Me hacen más obediente? ¿Me acercan más a Dios? ¿O simplemente disfruto la bendición y me olvido del Dador?
 
Conclusión
  • El relato acerca de Ana comienza enfocándola afligida y llorando, pero concluye señalando cómo adoraba al Señor.
  • Entre ambas escenas encontramos cuatro decisiones: 1) Llevó su dolor a Dios. 2) Entregó su deseo a Dios. 3) Cumplió su palabra delante de Dios. 4) Convirtió su bendición en adoración a Dios.
  • Cuando el corazón esté afligido, oremos. Cuando Dios responda, cumplamos. Cuando recibamos sus bendiciones, agradezcamos. Y en todo momento, adoremos.