Por Josué I. Hernández
- Pedro, Jacobo y Juan acababan de vivir uno de los momentos más extraordinarios de sus vidas. En el monte habían visto a Jesús transfigurado. Habían contemplado su gloria y habían escuchado la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mat. 17:5).
- Pero después tuvieron que descender del monte, y abajo encontraron una escena completamente diferente. En el monte había gloria; en el valle había sufrimiento.
- En el monte se escuchó la voz del Padre celestial; en el valle se escuchó el clamor de un padre desesperado. En el monte los discípulos contemplaron el poder de Cristo; en el valle tuvieron que reconocer su propia impotencia. En el monte, Pedro, Jacobo y Juan vieron quién era Jesús; en el valle, los discípulos tuvieron que aprender cuánto lo necesitaban.
- La vida cristiana también tiene montes y valles. Hay momentos de gran gozo espiritual, pero también debemos enfrentar el sufrimiento, los problemas y las necesidades que no podemos enfrentar con nuestras propias fuerzas.
- La pregunta no es si descenderemos del monte al valle. La pregunta es: ¿cómo enfrentaremos el valle cuando nuestra propia fuerza no sea suficiente?
- Al descender del monte, la multitud rodeaba a los discípulos, y los escribas disputaban con ellos (Mar. 9:14,15).
- Al llegar Jesús, un padre desesperado suplicó su ayuda (Mat. 17:14-15).
- El caso del endemoniado era alarmante (cf. Mat. 17:15; Mar. 9:17-18).
- Los discípulos de Cristo no pudieron echar fuera al demonio (Mat. 17:16).
- El Señor dijo: “Traédmelo acá” (Mat. 17:17).
- Jesús reprendió al demonio, y éste salió, y el muchacho quedó sano desde aquella hora (Mat. 17:18).
- Aunque no podemos acceder a los milagros que Jesús realizó durante su ministerio terrenal, ni poseemos la autoridad apostólica para hacer milagros, sí podemos hacer algo fundamental: llevar nuestras necesidades al Señor.
- Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?” (Mat. 17:19).
- Ellos no negaron ni justificaron su fracaso. Jesús ya les había dado autoridad sobre los espíritus inmundos (Mat. 10:1,8).
- Podrían haber culpado al padre, a la multitud o a la
dificultad del caso. Pero hicieron una pregunta mejor: “¿Por qué no
pudimos?”
- Cuando fracasamos, debemos ir al Señor: ¿Qué debo aprender? ¿Qué necesito corregir? ¿He permitido que mi experiencia sustituya mi dependencia del Señor?
- Jesús respondió: “Por vuestra poca fe” (Mat. 17:20; cf. 2 Cor. 5:7).
- La fe es confianza en Dios (cf. Rom. 10:17; Heb. 4:2; 11:1).
- Ellos habían recibido la autoridad para realizar aquella obra, pero en ese momento su fe era insuficiente (Mat. 17:20).
- Los discípulos se encontraron con un “monte” que bloqueó su paso, y no lo pudieron superar por su desconfianza.
- Las victorias espirituales del pasado no sustituyen la dependencia espiritual del presente. Podríamos hacer y decir lo que se debe, pero sin fe.
- La falta de fe garantizará nuestra derrota (cf. Heb. 10:39).
- IMPORTANTE: El Señor no estaba prometiendo que la fe convierte nuestros deseos en realidad. Estaba enseñando que, cuando confiamos verdaderamente en Dios y actuamos conforme a su voluntad, ningún obstáculo que él nos llame a enfrentar es demasiado grande para su poder.
- Todos enfrentaremos “montes”: una responsabilidad que nos parece demasiado grande, una decisión difícil, una situación familiar complicada, una obra para la cual nos sentimos insuficientes.
- ¿Estoy midiendo mis posibilidades solamente por el tamaño del problema o por el poder de Dios?
- La oración no es un mecanismo mediante el cual manipulamos el poder de Dios. Es la expresión de una vida que reconoce su dependencia del Señor (Mat. 17:21; cf. Mar. 9:29).
- La oración no es una técnica para obtener poder, es un ejercicio de fe. Oramos para expresar nuestra confianza (cf. Mat. 6:8,32; Ef. 6:18; Col. 4:2; 1 Tes. 5:17).
- Podemos tener conocimiento, experiencia, talentos, y aun así olvidar cuánto necesitamos de Dios.
- No debemos esperar una crisis para comenzar a buscar el rostro del Señor. Debemos persistir en la oración (cf. Luc. 11:1-13; 18:1-8).
- ¿Busco a Dios solamente cuando descubro que no puedo resolver un problema, o vivo cada día consciente de mi dependencia de él?
- Todos disfrutamos los momentos del monte. Allí la gloria de Dios parece cercana y nuestra fe parece fuerte. Pero tarde o temprano debemos descender al valle. Allí están los problemas que no podemos resolver, las cargas que no podemos llevar y los obstáculos que exceden nuestras capacidades.
- Pero el Cristo del monte también es el Cristo del valle. Por eso, cuando lleguemos al límite de nuestras fuerzas, no debemos confiar en nuestra experiencia, nuestra capacidad o nuestras victorias del pasado. Debemos llevar nuestra necesidad al Señor, aprender humildemente de nuestros fracasos y vivir en constante dependencia de Él.
- No importa que tan profundo y oscuro sea el valle que tenemos delante, si Cristo ha descendido con nosotros al valle (cf. Sal. 23:4).
