Salmo 119
- Podríamos tener varias Biblias en casa, una Biblia siempre a mano, y muchos versículos bíblicos en la cabeza, y aun así no tener el corazón del salmista.
- El salmo 119 no fue escrito por un hombre que simplemente sabía mucho de la palabra de Dios. Fue escrito por un hombre que amaba la palabra de Dios, la buscaba, meditaba en ella, obedecía sus mandamientos, confiaba en sus promesas y se acercaba a Dios por medio de ella, aun cuando estuviese sufriendo.
- El salmo 119 tiene 176 versículos, organizados en 22 estrofas de 8 versículos, siguiendo las 22 letras del alfabeto hebreo. Es una composición cuidadosamente elaborada, pero su propósito no es demostrar habilidad literaria, sino expresar cómo debe relacionarse con Dios una persona que toma en serio su palabra.
- La palabra de Dios gobierna nuestro corazón cuando dejamos de tratarla solamente como “información que debemos conocer” y comenzamos a recibirla como “la verdad que debemos amar, obedecer y vivir”.
- El salmista no considera el estudio bíblico como una carga religiosa que deba soportar.
- Para el salmista, la palabra de Dios no era un mero deber que debía cumplir, era un bien que deseaba profundamente (ej. Sal. 119:16,72,97,103).
- Podríamos desarrollar una disciplina, sin desarrollar un deseo. Podríamos leer, tomar apuntes, subrayar versículos, estudiar griego y hebreo, y mantener un corazón frío hacia Dios.
- El conocimiento bíblico debe movernos al amor por Dios, la fe en sus promesas y la obediencia a su voluntad.
- Consejo: No esperar el deseo de estudiar. Empezar leyendo la palabra de Dios para encontrar a Dios y conocerle personalmente.
- Lección: La lectura bíblica cumple su propósito cuando se vuelve un medio de comunión con Dios.
- “En mi corazón
he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Sal.
119:11).
- Guardar la Palabra es permitir que permanezca en nosotros de tal manera que pueda gobernar nuestros pensamientos, deseos, decisiones y conducta.
- El salmista relaciona la palabra de Dios con la victoria sobre el pecado.
- No se trata de tener la palabra de Dios en la cabeza, sino de guardarla en el corazón (ej. Sal. 119:10,36).
- Consejo: No leer para cumplir un deber, sino para ser guiados por la verdad cada día (ej. Sal. 119:105).
- Lección: La palabra que solamente ocupa la
memoria puede informar; la palabra que ocupa el corazón puede gobernar la vida.
- Cuando la palabra gobierna el corazón, ya no es un libro de consulta, es el camino por el que vamos (ej. Sal. 119:32,35,105).
- Dios nos dio su palabra para que sepamos cómo debemos caminar delante de él (v.1,9).
- Una persona puede conocer muchos textos bíblicos y continuar tomando decisiones gobernadas por sus emociones, deseos, amigos, cultura, criterios, etc.
- Consejo: Antes de la decisión, preguntarnos: “¿Qué ha dicho Dios sobre esto?”. Si la Biblia ya ha hablado sobre esto, ¿estoy dispuesto a someter mi decisión a lo que Dios ha dicho?
- Lección: La Biblia cumple su propósito cuando ilumina nuestro camino. Dejemos que lo haga.
- Mientras el salmista conoce la palabra de Dios, ruega por entender (ej. Sal. 119:12,18, 35).
- El salmista no pide entender para saber más, sino para obedecer de todo corazón (Sal. 119:34).
- Consejo: Pedir ayuda divina para entender lo que el Señor realmente dijo y obedecerlo, aunque no sea agradable de oír.
- Lección: No procuramos encontrar algo diferente a lo que dice el texto, sino entender lo que realmente está diciendo el texto.
- El salmista no escribe desde circunstancias fáciles, ha estado pasando por momentos difíciles (ej. Sal. 119:67,71,92).
- Las pruebas no solamente revelan cuánto soportamos, también revelan cuánto gobierna la palabra en nuestro corazón.
- Es fácil afirmar que creemos la palabra cuando obedecerla coincide con nuestros deseos. La verdadera prueba llega cuando obedecerla nos cuesta.
- Consejo: Las pruebas son ocasiones para aprender: “¿Señor qué quieres enseñarme con esto?”.
- Lección: La palabra de Dios no concede exención del sufrimiento, pero nos asegura el fundamento para permanecer firmes cuando las tribulaciones lleguen.
- “Bienaventurados los que guardan sus
testimonios, y con todo el corazón le buscan” (Sal. 119:2).
- Detrás de cada mandamiento, de cada promesa y de cada advertencia, está Dios. Amar la palabra de Dios es amar al Dios que la pronunció.
- La meta final del estudio de la Biblia no es terminar admirando nuestra propia capacidad para explicarla, sino terminar amando más al Dios que ella nos revela.
- El Salmo 119 nos muestra el corazón de un hombre que ama la voluntad de Dios. En Cristo encontramos la expresión perfecta de ese corazón: Él amó al Padre, amó su voluntad y fue obediente hasta la muerte (Fil. 2:8).
- El estudio bíblico no debe producir solamente admiración por la verdad; debe formar en nosotros el carácter de Cristo (Jn. 4:34; 8:29; 17:4; cf. Rom. 8:29; 2 Cor. 3:18; cf. 1 Ped. 2:21).
- Lee la Biblia diariamente, no para cumplir una cuota, sino para conocer a Dios.
- Lee lentamente. No solamente preguntes “¿cuánto me falta?”, sino “¿qué me está enseñando este texto?”.
- Ora mientras lees. “Enséñame”, “dame entendimiento”, “abre mis ojos”, “guíame”.
- Guarda lo aprendido. Memoriza aquello que necesitas recordar, creer y obedecer.
- Obedece lo que ya entiendes. No esperes comprender toda la Biblia para obedecer aquello que Dios ya te ha enseñado.
- Revisa tus decisiones a la luz de la palabra y corrige tu rumbo cuando sea necesario.
- El Salmo 119 comienza hablando de un hombre bienaventurado porque anda en el camino de Dios. Y termina con un hombre que reconoce: “Yo anduve errante como oveja extraviada; busca a tu siervo” (v.176). Después de 176 versículos sobre la palabra de Dios, el salmista todavía sabe que necesita a Dios.
- Ese es el corazón que debemos procurar. No simplemente una Biblia abierta, un corazón abierto. No solamente una mente llena de versículos, una vida gobernada por ellos. No solamente conocimiento de la voluntad de Dios, amor por Dios.
- Que podamos llegar a decir con el salmista: “¡Oh, cuánto amo yo tu ley!” (Sal. 119:97).
- Cristo es nuestra referencia perfecta: Él amó al Padre, amó su voluntad y obedeció hasta la muerte. Y ahora nos llama a seguir sus pasos.
