Por Josué I. Hernández
- ¿Quién tiene la última palabra en nuestra vida?
- Nuestras decisiones, nuestra manera de pensar, nuestra conducta, y aun, nuestra adoración, dependen de la pregunta anterior.
- Hemos estado estudiando la autoridad desde diferentes perspectivas. Hoy no añadiremos una nueva lección; vamos a detenernos para reunir los conceptos fundamentales que hemos estudiado, y al hacerlo, llegaremos nuevamente a la pregunta que está en el centro de todo: “¿Quién tiene la última palabra en nuestra vida?”.
- La autoridad es el derecho legítimo de gobernar, establecer normas, exigir obediencia y administrar justicia (cf. Rom. 13:1; Jn. 19:11; Mat. 28:18).
- No debemos confundir autoridad con poder. Una persona puede tener poder o fuerza, pero eso no significa necesariamente que tenga autoridad legítima.
- La autoridad combina: 1) Poder: capacidad para actuar. 2) Derecho: legitimidad para hacerlo.
- Por eso, la pregunta fundamental es: ¿Quién tiene derecho a decirme qué debo hacer?
- La autoridad establece normas y, con ellas, responsabilidad: Dios juzgará nuestra respuesta a sus mandamientos.
- La ausencia de autoridad no produce verdadera libertad; produce desorden (cf. Jue. 17:6; 21:25).
- El gran problema del hombre ha sido el querer decidir lo que debe creer y cómo debe vivir (cf. Jer. 10:23; Prov. 14:12; Luc. 6:46).
- Dios ha establecido autoridades legítimas para mantener el orden. La función del gobierno viene de Dios (Rom. 13:1-4).
- La verdadera libertad no consiste en hacer todo lo que queremos, sino en vivir sometidos a la autoridad de Dios.
- Jesús planteó la cuestión de una manera sencilla: “¿Del cielo, o de los hombres?” (Mat. 21:23-27).
- La autoridad de Dios está en su palabra (cf. Juan 8:31,32; 12:48; 17:14,17).
- La autoridad humana es subjetiva. Se fundamenta en: opiniones, sentimientos, tradiciones, preferencias, costumbres, cultura, mayoría, referentes humanos, etc.
- La pregunta correcta no es: “¿Qué pienso yo?”. Sino: “¿Qué ha dicho Dios?”.
- Dios es el Creador y nosotros somos sus criaturas (cf. Gen. 1:26-28). Dios no recibió su autoridad de otro; su autoridad es inherente (cf. Rom. 11:33-36). Toda autoridad humana, en cambio, es delegada y limitada.
- Dios no solamente tiene poder para gobernar, Dios tiene el derecho de gobernar.
- Dios no nos dejó para descubrir su voluntad mediante intuición, sentimientos o tradición. Dios habló (cf. Heb. 1:1-2).
- Existe una progresión en la revelación: Dios → profetas → Cristo → apóstoles → Escritura (cf. Jn. 14:26; 16:13; 1 Cor. 2:12,13; Gal. 1:11,12).
- Cristo es la revelación definitiva de Dios (cf. Jn. 1:1,14,18; 12:49-50; Mat. 28:18).
- Dios ha hablado, y su voluntad debe ser nuestra norma.
- Llegamos al punto práctico: ¿Cómo determinamos qué estamos autorizados a hacer?
- No debemos preguntar solamente: “¿Dónde lo prohíbe la Biblia?”
- La pregunta fundamental es: “¿Qué ha autorizado Cristo (Col. 3:16-17)?”.
- Hacer algo en el nombre del Señor significa actuar bajo su autoridad (cf. Hech. 4:7; 1 Cor. 14:37).
- La palabra de Cristo establece los límites de aquello que estamos autorizados a hacer.
- MANDAMIENTOS (ej. Hech. 2:38; Ef. 5:19).
- DECLARACIONES (ej. 1 Tim. 2:5).
- EJEMPLOS APROBADOS (ej. Hech. 2:42; Fil. 4:9; Recordar: No todo ejemplo bíblico es normativo. Debemos determinar si es un ejemplo aprobado y si el contexto indica que debe ser reproducido).
- IMPLICACIONES (ej. Mat. 22:31-32).
- La pregunta no es si Cristo tiene autoridad. Él tiene toda autoridad.
- La pregunta es si estoy viviendo bajo esa autoridad.
- En las decisiones de mi vida, ¿quién tiene la última palabra? ¿Cristo o yo?
